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dijous, 26 de setembre del 2019

Yazd, un espejismo en el desierto.

Yazd, 16 de Septiembre de 2019

Aunque el inicio en Yazd fue agotador, el sueño fue reparador.

     
                Masjed-e Jameh de madrugada

                Atardecer en la Masjed-e Jameh

Y me dispuse a visitar la Old City, dejándome llevar, sorprender, perdiéndome en sus callejones de paredes altas y color ocre. Poca gente en la calle, el sol azota implacable, así que voy buscando la sombra, arrimándome a una pared o a otra, según proyectara sombra, aprovechando la sombra de algún árbol, deteniéndome cada poco.

Y empiezo a admirar esta ciudad cargada de historia (unos 5.000 años hace que esta zona está habitada), quizás no tan reluciente como Isfahán o Shiraz, pero de rincones cargados de historia, con sus badgirs (torres de viento) y sus ba anbar (depósitos de agua) por todos lados.

Siendo este un clima tan árido, tan seco, el ingenio se agudiza y eso hicieron aquí hace varios siglos para combatir dos handicaps que dificultan  muchísimo una vida estable en este punto: la falta de agua y el calor infernal.

Para el primero, hay un Museo del Agua en la ciudad que, aunque modesto, ayuda a entender cómo ha conseguido la ciudad abastecerse de agua de manera regular durante cientos de años. Y es sorprendente. Y es admirable. Los pozos subterráneos canalizados a través de túneles de decenas de kilómetros donde se jugaban la vida en su construcción, han aportado algo esencial para poder sobrevivir aquí. Y así sigue siendo, sin duda.

Respecto al calor infernal que puede hacer, si subes a una azotea (la ciudad está repleta de ellas en tiendas, restaurantes, hoteles, etc.) se ven una estructuras llamadas badgirs (torres de viento). Con un ingenioso sistema, recogen la brisa y la canalizan hacia el interior de las casas, aportando una temperatura muy agradable que, de lo contrario, sería insoportable. 

Incluso hay estructuras mixtas, enormes ba anbar (depósitos) en forma de cuenco invertido y de ladrillo, que combinan el uso del agua con badgirs que ayudan a mantener la temperatura del agua y que esta no se caliente.

                           Amir Chakhmagh

Cae ya la tarde. Subo a una azotea dispuesto a admirar la puesta de sol, recortando su luz el perfil tan característico de esta maravillosa ciudad. Las paredes van tornándose anaranjadas. Unos niños juegan una especie de partido de fútbol en una pista improvisada. Les escucho reír... Hago fotos. Respiro. Intento aprehender este momento. Es casi mágico.

                           Atardecer en Yazd

Ceno en la azotea del hotel, en el restaurante. He pedido carne de camello asada con berenjenas. Una delicia, muy parecido al estofado. Tengo la Masjed-e Jameh a un lado y la preciosa cúpula de Bogheh-ye Sayydd Roknaddin al otro, ambas iluminadas.  Un remanso de paz, una tranquilidad absoluta.

Al día siguiente completo la visita a las zonas que me quedan, comparto kebab con un hombre mayor que se sienta en mi mesa y no deja de mirarme. Hago algunos kilómetros caminando para ir a Bagh-e Dolat Abad, un jardín persa precioso.

El último día, excursión fuera de la ciudad: vamos a ver Meybod, Chak Chak y Kharanaq, además de una puesta de sol en el desierto. Y lo digo en plural porque en este tour conozco a Toby, un rumano que vive en Inglaterra. Un tipo muy interesante, de 44 años, con el que acabaría hablando de mil cosas. Nos llevaba Hassan, un veterano taxista y guía cuyo lema es que disfrutes y no mires el tiempo, que si tú eres feliz, él es feliz. Por la noche, compartimos cena los tres y acabamos hablando de la guerra Irán-Irak, del bloqueo de armas que les inflingió USA, de la marioneta que era Saddam Hussein en Irak, del bloqueo económico actual, de los intereses que hay de otras potencias (China, Corea, Rusia, Israel), de religión, de Catalunya, del Brexit... De esas charlas que siempre aportan y que tan escasas son.

La excursión, sí... Meybod es interesante, con casas de ladrillos de adobe de 1800 años, un castillo en ruinas, un caravasar precioso que se utilizaba en la época de la ruta de la seda y hasta un edificio donde eran capaces de congelar agua para los meses de verano con métodos naturales, sin electricidad. Flipa!

Chak Chak es un lugar aisladísimo en lo alto de una montaña, que acoge una llama que no se apaga nunca, de los zoroastristas. El calor casi nos derrite pero las vistas son espectaculares desde el pequeño templo.

Finalmente, Kharanaq. Poco a poco sus habitantes se fueron trasladando a la ciudad nueva, a apenas 50 metros, dejando atrás estas casa de adobe, en muchos casos semiderruidas, con escombros... Toby y yo vamos explorando, entramos en una casa, nos metemos en otra, unos escombros que saltamos por aquí, un pasillo por allí, unas escaleras que exigen precaución más allá... Nos ha gustado mucho esta antigua ciudad ahora en estado de descomposición.

                                Kharanaq

El atardecer en el desierto, regular. Quizás es que yo tengo el listón muy alto tras el Thar (India), Wadi Rum (Jordania) y Erg Chebbi (en Marruecos).

Ha sido una lástima no alargar algún día más en esta entrañable ciudad del desierto, que para mí es imprescindible en una viaje por el centro de Irán, sin duda alguna.

Próxima parada: Kashan.


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