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dissabte, 29 de desembre del 2018

La magia del desierto.

Erg Chebbi, 28 de Diciembre de 2018

Intento alejarme todo lo que puedo de los paquetes turísticos, de las aglomeraciones y de los espectáculos enlatados que poco, o nada, tienen que ver con la esencia del lugar y de su gente.

Y admito que en la experiencia bereber en el pequeño desierto de Erg Chebbi me he quedado a medio camino.

Desperté tranquilamente y, tras desayunar en la mini haima, cogí mi cámara y me adentré en el desierto justo hasta situarme junto a la gran duna. Desde donde estaba unos 35 minutos caminando, subiendo y bajando dunas, alguna de ellas a 4 patas y deslizándome... Hasta que llegué a un punto con unas vistas impresionantes: la gran duna a pocos metros, pequeñas dunas por todos lados y allá, a escasísimos kilómetros, la frontera con Argelia. 


El sol, perpendicular a esa hora, testimonio de mi soledad. Me senté allí arriba, admirándolo todo. La luz solar rebotaba en la finísima arena desértica, bronceando mi piel. Ráfagas de viento rompían los momentos de silencio sobrecogedor. Y me estiré... Simplemente, me estiré allí mismo. Dejé de hacer fotos y de mirar el reloj... Sólo disfrutar de esas sensaciones.

Una hora más tarde volvía a la kasbah, a la entrada del desierto, desde donde saldría nuestra pequeña caravana de dromedarios. Estaba previsto salir sobre las 16 h, pero se retrasó un poco, por lo que estuve hablando con una pareja de Valencia, él, de Mallorca, ella, que han venido en su furgoneta...



Sobre las 17 h subimos a los dromedarios y en algo más de 45 minutos rodeamos la gran duna. Es una sensación curiosa montar en un animal de estos y a menudo piensas que acabarás cayendo... Poco antes de llegar a nuestro campamento semipermanente, nos hacen bajar de los dromedarios para subir a una duna muy alta y ver desde allí la espectacular puesta de sol, mientras la arena tomaba un color rojizo, cobrizo...

La noche fue entretenida. Tras cenar un tajín de verduras buenísimo junto a japonesas, turcos, belgas, irlandeses y franceses, salimos junto a una hoguera donde nuestros tres guías bereberes comenzaron un pequeño recital de canciones tradicionales acompañados de tambores. El crepitar del fuego y el sonido mágico de las canciones bereberes eran un espectáculo... Pero había otro esperándome. 



Equipado con mi frontal, me alejé del campamento unos 70-80 metros, quedándome en medio de la más absoluta oscuridad. Alcé mi vista y ahí estaba. Ahí... Un manto de estrellas imponente, majestuoso, mágico. Casi, casi, casi comparable a aquella noche en Sian Ka'an, México, mientras buscábamos y encontrábamos tortugas gigantes desovar. 

Desde otro campamento cercano se oían más canciones. Yo, embelesado, intentaba retener esa magnífica estampa en mi retina. Preciosa. Y me repetía a mí mismo: "esto no tiene precio, Sergio". Acumulaciones de pequeñas estrellas aquí. Constelaciones allá. Estrellas enormes. Incluso una estrella fugaz... Delicioso.

Emocionado y maravillado, estuve unos 10 ó 15 minutos admirando ese espectáculo antes de volver al campamento y, poco después, meterme en mi haima, porque el frío azotaba ya con fuerza.

La noche era extremadamente fría y despierto sobre las 7:15 h. Poco después, nos reunimos todos junto a una pequeña hoguera al lado de los dromedarios, ya ensillados. Montamos uno a uno y la caravana vuelve... A medio camino, nos detenemos, miramos hacia atrás y observamos cómo aparecen los primeros rayos de sol tras unas montañas cercanas. El cielo se torna naranja, rojizo... Y aparece el sol, majestuoso, imperturbable, señorial, recordándome el amanecer de hace unos meses en la vertiente norte del Gran Cañón del Colorado.

Y así, poco a poco, nacía un nuevo día y el ciclo de regeneración continuaba...

dimecres, 26 de desembre del 2018

Meknés, Volubilis y el camino al desierto...

Merzouga, 26 de Diciembre de 2018

Meknés (o Mequínez en castellano) fue ciudad imperial unos siglos atrás y respira ese aire decadente de lo que un día fue pero ya no es. La ciudad, amurallada en gran parte, alberga una Medina mucho más pequeña pero también mucho más agradable que la locura de Fez.

En el tren Fez-Meknés conocí a Pascal, un francés de Perpignan, con el que charlé un rato. Cuando le dije que estuve en el Visa Pour l'Image de Septiembre en su ciudad, se enorgulleció (si os gusta la fotografía, os lo recomiendo 100%).

Esa misma tarde recorrí todos los puntos de interés de la ciudad (los puntos importantes están muy próximos), incluyendo callejear y perderme por la Medina, alejado de El Hedim y la puerta de Ab Mansour, que es donde se concentran los turistas). Y cuando te alejas, descubres... Y lo que descubrí fue una Medina agradable, de gente amable, rincones de postal, talleres de artesanía, niños corriendo y jugando, ancianos asomados a la calle viendo lo poco que les queda de vida pasar... Seguramente, a nivel arquitectónico o puntos de interés, Meknés está muy lejos de Fez pero, por contra, es más enriquecedora y amable, por lo que puede ser un buen complemento a esta. Además, y sin duda, es una buena base desde la cual visitar la impresionante Volubilis.


El segundo día en Meknés lo empleé en una excursión a la ciudad romana de Volubilis, que es una auténtica joya. Cogiendo el autobús n.15 hacia Mulay Idriss (7 MAD) llegas en poco más de 40 minutos a esta. Y desde ahí, puedes coger un taxi (a negociar) o hacer los casi 5 km que separan a esta de Volubilis. 

Como decía, esta ciudad romana es realmente preciosa, con casas que aún conservan mosaicos y algunos en muy buen estado. Como suele ser costumbre en mí, preferí hacerla por mi cuenta, sin guía, parando, haciendo fotos, observando, admirando, alejándome de los grupos ... Le dediqué unas 3 horas a la visita. El cielo azulado, moteado con algunas nubes, ofrecía un telón de fondo espectacular. La temperatura, agradable... Y sentado en el Capitolio, evoqué aquella escena frente a la Gran Pirámide de Egipto hace ahora un año: estar, sin más;  Respirar calma, admirar belleza antigua, imaginar la vida aquí hace tantos siglos... Y agradecer poder llenar mi vida de estos momentos mágicos, únicos e inigualables.




Al salir de Volubilis, tomé el camino secundario para volver a Mulay Idriss, poco más de 30 minutos caminando, observando cómo recogen aceitunas, casas desperdigadas, burros cargando pesados fardos... Al llegar a la rotonda que sube hacia Mulay Idriss, pues nada, allí a esperar a que bajara el bus para volver a Meknés. Y al subir, todo la gente mirándome: era el único occidental. Por la tarde aún me dio tiempo de visitar el Mellah judío de la ciudad.

Hoy he hecho el camino de Meknés a Merzouga. En el Riad Idrissi me dijeron desde dónde salía el bus a Midelt, que está a medio camino, pero los planos son de aquella manera y las explicaciones en francés no las acabo de entender del todo. Así que más o menos sabía la zona y a las 7:30, aún de noche, iba buscándola. Tras preguntar varias veces (y como casi nadie habla inglés y yo no hablo ni árabe ni francés, acabas saludando con un "salaa male kum" de rigor, el nombre de donde quieres ir y ahí ya el poder de la comunicación no verbal, de los gestos, lo puede todo) un hombre me dijo que estaba muy cerca y se pone a acompañarme... La última vez que me pasó esto fue en Hiroshima, que me había perdido mucho, y un hombre me acompañó más de 45 minutos... Pues este hombre me acompaña unos 200 metros y luego le dice a una mujer si me puede acompañar... Desconozco si se conocían o no, pero la mujer me ha acompañado los últimos 400 metros y me ha llevado, literalmente, hasta el autobús, que estaba arrancando ya... Y me ha dicho que en vez de ir a Midelt, vaya mejor hasta Errachidia... El autobús, típico en estos países, que para para recoger y dejar pasajeros en casi cualquier esquina. "No desesperes, déjate llevar"...

El viaje se ha hecho eterno: 8 horas, con múltiples paradas, gente discutiendo, cambios de pasajeros... El paisaje, por momentos, de postal: pequeños ríos que cruzan macizos montañosos en medio del desierto, cumbres nevadas más allá, palmerales que salpican el horizonte, pueblos bereberes en medio de la nada...

Una vez en Errachidia, pregunto por un bus a Merzouga y me dicen que dentro de dos horas hay uno. Me voy al bar a tomar un café y se sienta conmigo Hassan, un medio bereber que habla muy bien castellano. Cuando le pregunto qué ver en el desierto de Erg Chebbi, me da unos consejos que son siempre bienvenidos. Y tras comprar el billete de bus para llegar hoy mismo a Merzouga, salgo a la esquina donde debe parar. De pronto veo a un chico rubio, alto, que ya de lejos me mira y sé que va a venir a decirme algo ... Somos los únicos occidentales aquí, así que es normal. Es Mathias, un chico de Salzburgo que hace un recorrido similar al mío. Departimos un rato, aparece de nuevo Hassan y charlamos los tres un rato... Mathias no visitará el desierto, prefiere ir tirando hacia Agadir o Essaouira para hacer surfing. Y es que el surfing en Austria no se estila...

Aparece el bus. Me despido de ellos y abandono Errachidia...

Viajar por libre te regala momentos deliciosos y cruzarte con gente interesante que hacen de los días un punto anodinos, días especiales.

diumenge, 23 de desembre del 2018

El laberinto del Minotauro... En Fez!

Fez, domingo 23 de Diciembre de 2018.

Estas semanas he estado tan ocupado que apenas he podido preparar mi viaje a Marruecos. Van a ser 15 días entre ciudades imperiales, pueblos bereberes y desierto...

La llegada a Fez al atardecer fue tranquila. Quería llegar a las puertas de La Medina y buscar allí alojamiento. Y en este viaje he optado por el minimalismo: mochila mucho más pequeña y todo lo que necesito en menos de 7 kg de peso. Así que muy fácil para moverme.

En la puerta de Bul Yelud un chico me ofrece ir a ver un alojamiento de unos amigos. En estas cosas suelo guiarme mucho por intuiciones, sensaciones... Y este me pareció muy legal. Tras callejear un minuto, llegamos a una calle estrechísima, llama a un portón de madera. Miro y no hay ningún cartel, nada indica que sea un alojamiento. Cuando se abren las puertas, entramos en un modesto Riad, con un patio interior precioso, en dos plantas, con 5 habitaciones en el segundo piso. Las habitaciones son mucho más que correctas, limpias, baño con agua caliente dentro... Y tras regatear un poco el precio, me quedo: 16 € la noche. 
Este chico tiene un restaurante acogedor junto a la plaza donde me lo encontré y ahí he venido las dos noches a cenar: tranquilo, cómodo, cocina marroquí... 



Salgo a pasear y me adentro en la Medina con mi cámara y mi guía. Ya es de noche y muchos comercios van cerrando. Bajo por una de las calles principales de la Medina, Talaa Seghira plagada de tiendas de todo tipo a un lado y a otro, pero la curiosidad me puede y me adentro en callejones laterales, apartados... En ese momento comienzo a entender que esto es un laberinto. Me suelo orientar bastante bien, pero aquí hay momentos en los que debo volver sobre mis pasos...


Hoy sábado, he cruzado la Medina de punta a punta... Y la he rodeado. 
He bajado por Talaa Kebira y me he adentrado en una viaje en el tiempo, un viaje al pasado...
Lo que se puede intuir cuando empiezas a bajar, acaba multiplicándose exponencialmente. Caminas pensando que tú diriges tu camino, pero en la mayoría de las ocasiones, te ves arrastrado, te engulle la gente, arriba y abajo...
Tiendas de dulces de todo tipo; de especias coloridas y de olor profundo; panaderías; tiendas de venta del famoso cuero de Chauwara; de latón forjado y manufacturado, etc. Es toda una explosión de colores, sabores, ruidos, contrastes... Es un laberinto que te atrapa, te abraza y te susurra al oído... 

Llego, un poco de milagro, a las curtidurías de Chauwara y desde la terraza de una tienda veo un espectáculo medieval: cómo lavan, tintan y secan diferentes tipos de pieles en multitud de pozas con diferentes tintes naturales para convertirlas en un cuero de excelente calidad, siguiendo el método tradicional de hace siglos. Además, la terraza te da la oportunidad de tener unas excelentes vistas sobre este laberinto de callejones...

Vuelvo a callejear y paseo por zonas sin nadie, callejones completamente oscuros a plena luz del día; recovecos insospechados; callejones donde solo cabe una persona; casas apuntaladas con tablones de madera; zonas cubiertas; puertas lacadas; puertas de metal; puertas entreabiertas con escalones empinados tras ellas; sombras; silencio; música; personas que camina solas; niños corriendo... 

Llego al barrio de los latones, donde trabajan forjando a fuerza de golpes las piezas de metal... Continuo y paso por delante de unos puestos de dulces, donde amasan a mano, en unas planchas anchas de metal... 



Un poco más allá, salgo de La Medina por el extremo sureste.
Ahora la rodeo, por una carretera exterior donde apenas me cruzo con 4 personas en una hora. Un coche de policía se detiene a mi lado. Llevo la cámara en mi mano. Me dicen que mejor que me la guarde cuando entre en La Medina... Y le respondo que ya la he visitado hoy y ayer... Por la noche!! Sonríen y me dicen que vale, pero que vaya con cuidado. De momento, inexistente sensación de inseguridad. Quizás ser hombre, de cierta estatura y demás, disuade posibles situaciones de peligro. Lo que es cierto es que una mujer sola por aquí, supongo que sería más delicado.

Acabo llegando a la Ville Nouvelle, más moderna pero menos interesante. Paso por el Palacio Real, el cementerio judío y llego a la Rue Des Menines, con balcones de madera y hierro forjado que son una maravilla. Justo al lado, el Mellah, lo que queda del otrora glorioso barrio judío. 
Y me adentro en sus callejuelas, me pierdo entre ellas... Las personas que hay por allí, me miran entre sorprendidas y extrañadas. No deben perderse muchos extranjeros por estas calles...

Llego a una diminuta plaza delante de la Sinagoga Ibn Danan donde un grupo de niños de unos 3-4-5 años juega con una pelota de plástico. Se ríen, caen al suelo, corren, se empujan, se gritan... Me quedo ahí mirándolos, maravillado, sonriente... De pronto, de la sinagoga sale una chica de unos 30 años gritándoles... Y todos se dispersan. Los dos más pequeños se quedan en una puerta con tres escalones justo a mi lado. Se esconden. Miran de reojo... Entonces se dan cuenta de mi presencia. Me miran y sonríen... Uno sale corriendo y viene hasta mí. Me tira del brazo pidiéndome que me agache... Para darme un beso!!!... Luego el otro le imita y me da otro beso. Suben corriendo los escalones y vuelven a esconderse tras la puerta.

Un anciano, al otro lado de esta miniplacita, sonríe ante la escena. Le sonrío, asiento con la cabeza y levanta levemente la mano sin dejar de sonreír despidiéndose de este viajero que sigue su camino, una vez más...

Mañana, hacia la siguiente ciudad imperial: Meknés.