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dimarts, 7 de febrer del 2012

Cumpleaños en Konyo-Konyo Market.


Domingo, 5 de Febrero de 2.012.


Nací tal día como hoy, hace 35 años. Me siento bien, como ayer, como hace dos años, aunque no como hace siete u ocho años. Sin embargo, ver ese número escrito, causa respeto. 35. No está mal. Estoy seguro de que cuando nací, aquella mañana de 1.977, mis padres poco imaginarían que su hijo “celebraría” su 35º cumpleaños a miles de kilómetros de ellos. La vida, las circunstancias pero, sobre todo y especialmente, mis decisiones, me han traído hasta aquí y a pasar este día de una manera tan atípica. Así como cuando cumples los 33 lo que más te repiten es “ya tienes la edad de Cristo”, en este día lo que más me han repetido ha sido: “cumpleaños diferente”. Pues sí, para qué negarlo, “diferente” como eufemismo de triste.


Es domingo, así que un abanico de posibilidades se abren ante ti en la espléndida vida social, cultural y de ocio que te ofrece Juba. Teatros, cines, restaurantes, museos, edificios, monumentos, jardines, salas de arte… todo está ahí, al alcance de tu mano para que lo disfrutes. Colas kilométricas para ver el último estreno de Hollywood o la última exposición de Chagal. Es impresionante la cantidad de cosas que puedes hacer… ¡¡conectándote a internet!!. Básicamente, los planes de los domingos se pueden reducir a: piscina (que es lo que había hecho los domingos anteriores, consiguiendo que, por primera vez en mi vida, mi piel mudara en pleno mes de enero), beach volley en el campound del CRC (aún no he ido), salir a cenar y/o tomar algo y… una visita al Konyo-Konyo Market. That’s it!!. Interesante, ¿verdad?.


Pues nada, aprovechando que un compañero griego estaba por la capital y quería ir al mercado, allí nos hemos ido 5 personas. Era la primera vez que salía (en un mes) a caminar por la calle (las otras veces había ido a la piscina, recordad). Si el panorama es triste y desolador viéndolo desde el coche de día o, peor aún, de noche, el panorama caminando por la ciudad a plena luz del día y visitando el mercado más importante de la ciudad (y probablemente del país) es dantesco. Las calles de nuestro alrededor son todas de tierra (excepto la carretera principal), llenas de baches y piedras, chozas y chabolas, plantas que crecen sin orden ni control,… me imagino mentalmente la foto, en blanco y negro, y pienso que sería como la de las calles de nuestras ciudades 70 años atrás. De hecho, recuerdo alguna foto de mi padre, cuando era un niño, en calles parecidas en la BCN de los años 50. Pues eso es Juba… bueno, no, es mucho peor. A medida que caminamos hacia el mercado, observo que los niveles de contaminación, escombros, basuras, residuos son, realmente, escandalosos. La ciudad entera es como un basurero enorme: no hay rincón donde mires que no veas botellas, latas, bolsas, cartones, restos de hogueras, agua putrefacta… la basura se acumula de una manera preocupante. En el camino, que dura unos 10 minutos, nos cruzamos con niños con chanclas unos cuantos números mayores de lo que necesitarían; un hombre de mi edad más o menos, completamente desnudo y sucio, muy sucio; niños que recogen basura; personas que queman basura; basura acumulada; latas amontonadas; agua estancada; olor intenso y desagradable. Esta es la capital, hay que recordar.


Llegamos al Konyo-Konyo Market (venga, ahora ya podéis hacer todos los chistes que queráis con el nombrecito) y, pese a que uno está curado de espantos, no dejan de llamarme la atención muchos detalles. El mercado es un entramado de “calles” de diversa amplitud, desde algunas de apenas un metro hasta otras con cabida de hasta dos coches. En las más estrechas, han improvisado como toldos (cualquier cosa sirve para ejercer tal función: una tela, un cartón, un plástico) que proporcionen una agradable sombra. En algunas zonas, los comerciantes extienden sus productos sobre telas, mesas plegables e, incluso, carretillas. Los más prósperos tienen su propio chiringuito de obra. La mayoría: más chabolas que actúan de negocio local. No hay orden ni concierto. No hay un criterio lógico. Todo parece improvisarse. Puedes encontrar una “tienda” de tecnología junto a una parada de utensilios de cocina o un puesto de fruta. Los sonidos se entremezclan, de la música a todo trapo de algunos puestos a los generadores, omnipresentes en esta ciudad para conseguir electricidad. El zumbido constante del generador puede llegar a ser realmente molesto (aunque por increíble que nos parezca, te acabas habituando… revisar una de mis primeras entradas hablando de la habituación en los humanos), pero acaba siendo un sonido gris que ignoramos por completo. Abundan las tiendas de tecnología, con algunos móviles de última generación peeeeeeeeero, casi todos van con tarjeta prepago. Es como cuando llegaron los primeros móviles a España hará como unos 15 años, que te comprabas una tarjeta SIM con un número y luego lo ibas cargando con dinero (ahora que lo pienso, igual los adolescentes siguen utilizando el prepago, no?)… Total, que ves tarjetas con números de teléfonos nuevos y tarjetas que son de un crédito determinado para cargar tu saldo. Como me habían dicho que era barato llamar a casa desde aquí con un teléfono local, pues he comprado tarjeta (10 SSP, poco más de 2,5 €) y lo he cargado con unos cuantos pounds para poder llamar hoy a casa.


La gente aparece y desaparece por cualquier esquina. En algunos lugares nos miran como sorprendidos: 5 blancos. De hecho, en más de dos horas en el mercado, solo vimos a 4 hombres que debían ser australianos y que trabajaban con UN (llevaban camisetas identificativas). Nada más. Muchas personas van con carretillas arriba, carretillas abajo; las motocicletas pasan rozándote. Puestos de kebab… si mi madre viera esa carne seguro que le saldría un herpes en la boca. De hecho, las “carnicerías” aquí son “lugares” (no sabría qué nombre ponerle, pues no es una tienda, no es un comercio, no es una construcción concreta…) donde cuelgan las piezas de carne, tal cual, al aire libre, sin ningún tipo de cuidado sobre temperaturas, animales que sobrevuelan (o no) la pieza de carne… vamos, que cuando como aquí, mejor que no piense cómo ha sido el proceso hasta llegar al plato. Fuego a tope y que maten gérmenes y demás, porque si no…


Al girar por una de las callejuelas del mercado, veo unos escombros, chapas, runa, basura… todo amontonado. Encima de toda esa amalgama de desperdicios, una niña, medio desnuda, mira a su alrededor, quieta. No parece asustada. No parece divertida. No parece triste. Ni alegre. No parece preocupada. Ni inquieta. Simplemente, está. Está. Sin más. Una niña, semidesnuda, sobre una pila de desperdicios. Un poco más allá, un hombre limpia (sí, sí, limpia) una silla a la cual le falta una pata trasera. Pienso para mis adentros: “¿qué hará limpiando una silla en la que no se puede sentar?”. Como suele ser habitual, mi candidez me delata. Acaba de limpiar la silla, se levanta y la coloca encima de una gran piedra, justo donde le falta la pata. Ajá, la piedra hará de cuarta pata. Muy bien… aprovechando recursos.


Nos cruzamos con muchas personas. Algunos árabes, pero muy pocos. La guerra civil reciente fue, básicamente, por motivos religiosos, raciales y económicos. De todos modos, no tengo la impresión de que sean mal vistos, se les margine o existan problemas entre ambas razas, pese a que sé que en otras zonas del país esas tensiones existen y son motivo de enfrentamientos constantes.


También nos cruzamos con algunos negros de raza Dinka. Son de una tribu del norte. Altos, fuertes, delgados, musculados. Y se les reconoce fácilmente porque suelen llevar la cara con cicactrices a modo de tatuaje, usualmente en la frente, aunque algunos en todo su rostro. Para conseguirlo, se realizan heridas con un cuchillo que luego, al cicatrizar, dejan esas marcas. Imagináos cómo deben ser esas heridas… Y pueden ser con líneas horizontales que recorren la frente, líneas en diagonal o líneas formadas por puntos, que también pueden ser horizontales o en diagonal, desde el entrecejo hasta el inicio del cuero cabelludo, aunque también he visto alguno que lleva toda la cabeza (toda!!) con esas marcas.


En más de una ocasión se me acerca alguno que otro al grito de “udzungu” (“blanco”) y enseñándome lo que tenga a mano para ver si compro (blanco=dinero para ellos): relojes, pulseras, teléfonos, camisetas, comida… Miro a mi alrededor y todos son negros. Aquí, yo (los 5 que vamos) soy el diferente. Recuerdo cuando era pequeñito, debía tener como 9-10 años, en el terreno que tenían mis abuelos junto a La Llagostera (Girona) (estamos hablando de mediados-finales de los 80 para un niño), que me iba con mis primos y otros amigos con la bicicleta, por caminos rurales, repletos de masías típicas catalanas, campos de cultivo, etc… y a veces íbamos a un lugar bastante alejado para ver a “Kunta Quinte”. “Kuna Quinte” para nosotros era un negro que trabajaba en una de aquellas masías y yo, no sé vosotros, pero en aquellos años no veía a ningún negro a mi alrededor, por lo que verlo era como un acontecimiento. Y el mote, pues imagino que sería por una serie muy famosa por aquellos tiempos en la tele (no me preguntéis cuál, porque yo no la veía, pero sí me acuerdo de ese nombre).


Ahora que he escrito “negro”, una aclaración. Por supuesto, no es despectivo, faltaría más. Lo que sucede es que a veces el buscar equilibrios lingüísticos, eufemismos y demás para ser políticamente correcto, me revuelve el estómago y no por llamar a alguien “negro” (claro, depende del tono, intenciones y demás, pero no sería el caso, ya sabéis) le estoy faltando el respeto. Es más, cuando alguien llama a un negro “persona de color”, pienso que es un pelín ignorante, principalmente porque el negro es, por definición, ausencia de color y es el blanco el compendio de todos los colores. Pero bueno, estos son otros temas. Nada, sólo para deciros que no llamaré a alguien “persona de color” en vez de “negro” ni llamaré “persona pálida” a un “blanco”. Me parece ridículo. El respeto hacia alguien se expresa mucho más allá de una etiqueta lingüística. Cierro el paréntesis.


Volvemos a nuestra casa. Hago unas llamadas de teléfono a la familia. Sorpresa… mis padres se emocionan. A mi sobrina le digo que es un “bebé dinosaurio” y se enfada, porque dice que ella ya es una niña grande y guapa. Sí que eres grande, ya, sí… 3 añitos el próximo mes. Llamo a mi abuela. Pobre, no se acuerda de que estoy en África.


Duermo la siesta. Me conecto un rato a internet. Leo las más de 100 felicitaciones en facebook en mails… (las que me llegaron por whatsapp, las recibí al día siguiente, que tuve acceso al wi-fi de la oficina)… y tengo una sensación extraña de alegría por un lado porque ha sido el año que más gente se ha acordado (esto del facebook y su chivato de cumpleaños es increíble… lo que hace la comunicación y el marketing, jejejeje) y, por otro lado, siento pena por estar lejos de tantas personas que me quieren y me aprecian. Una vez más, gracias, amigos/as… espero poder estar a la altura de las circunstancias en cualquier momento que me podáis necesitar. Me siento orgulloso de teneros a mi lado…


Por la noche vamos a cenar a un tailandés. Quería comerme un Pad Thai para rememorar mis semanas en ese país maravilloso hace tan solo unos meses. No hay noodles para preparar el Pad Thai. Aysssss… me conformo con un fried rice que está delicioso.


Llego a casa y me han encendido unas velitas, han roto cuatro servilletas y me las tiran encima… somos pocos en la casa este fin de semana… es un cumpleaños, diferente.





PD: me han confirmado mi asistencia al curso de marzo en BCN. Estaré las dos últimas semanas en casa, por lo que empiezo la primera cuenta atrás, aunque ahora los días empiezan a volar pero pronto, a reponer fuerzas en casita… home, sweet home!!.

1 comentari:

  1. ya en breve estaras aqui vida, tengo unas ganas enormes de verte y de que me expliques mas historias,sabes que divago y sueño y vuelo hacia ti con ellas,por que me encanta todo lo que encarnas en tu persona. Un besazo enorme cielo.

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