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dilluns, 23 de gener del 2012

La vida en Juba, Sudán del Sur.


Juba, 23 de Enero de 2.012.
Todos los cambios necesitan un proceso de adaptación. Y dependiendo de la intensidad de esos cambios, el proceso es más largo o más corto, más intenso o más suave, más duro o más débil, pero un proceso. Yo no soy una excepción. Además, hay componentes que ayudan, facilitan o suavizan y otros que ejercen el efecto contrario: endurecen, imposibilitan, dificultan…

Para mí, este periodo de adaptación está comenzando a aposentarse, asentarse, tras casi tres semanas en Sudán del Sur. La digestión es lenta, torpe, difícil…pero imprescindible.

Para empezar, deciros que no podré escribir libremente todo lo que veo, pienso, dónde estoy, dónde voy, etc. por motivos de seguridad y restricciones que comprendo y entiendo perfectamente. Así que… discúlpenme quienes ávidamente esperaban noticias frescas cada poco de lo que es la vida en este país centroafricano. Este duro y subdesarrollado nuevo país africano. Quien quiera algún detalle o más explicaciones concretas, que me envíe un correo y le explico.
La normativa de seguridad incluye no salir a caminar por la calle a partir de las 19 h., prohibición de conducir coches (siempre vamos con conductor), no hacer fotografías, limitaciones personales, etc. Todo ello condiciona tanto la vida aquí como la capacidad de expresaros todo lo que veo, pienso o siento.
Comencemos por una frase que acabaría por resumirlo todo (y que tras leerla ya podrías cerrar esta entrada): la vida en Sudán del Sur es complicada, dura, áspera.
Extendámonos en esos adjetivos: complicada. Dura. Áspera.
Complicada. Claro, no es fácil llegar a un país nuevo, un continente nuevo, sumido en la pobreza, con leyes cambiantes, recursos naturales en disputa, guerras tribales en algunas zonas del país, inflación de hasta el 70 % (4 huevos: 1 €; 1 kg. de pimientos: 6 €; una noche de hotel: 130 €…), policía corrupta y mal pagada; índices de criminalidad, altos; clima seco (tengo las fosas nasales cerradas desde el día que llegué; mucosidad seca adherida… y perdonad los detalles escatológicos, pero es tan incómodo…); cortes de electricidad constantes (aún suerte que tenemos generador); trabajo, estresante, pero un completo reto; agua fría para ducharse; te lavas las manos como 5-6 veces al día y siempre acaba siendo agua marrón y sucia (un poquito por la suciedad de tus manos y un muchito de la propia agua “corriente”, con restos de barro).
Dura: las condiciones de seguridad y las incomodidades condicionan de manera irremediable el día a día. El no poder hacer una vida normal es algo que, a la larga, puede pasar factura. Y la pasa, de hecho. He tenido oportunidad de conocer a gente (de MSF y de algunas otras ONG’s que trabajan aquí o en alguna otra ciudad) y casi todos los que llevan varios meses (siempre hay excepciones) se van con sentimientos de alivio de poder volver a casa.
Áspera: Juba no es una ciudad que se haga querer. La limitación de movimientos durante la semana, impide el contacto con la gente de manera casi absoluta. Y durante el fin de semana, tampoco es que sea agradable pasear por ella, descubrir, conocer, investigar. Es temporada seca (la temporada de lluvias llega en Mayo) ahora, lo que hace que la sensación de sofoco sea tremenda. Además, diría que el 80% de las calles no están asfaltadas, son simples caminos terrosos, que forman polvaredas al paso de los múltiples vehículos que circulan por la ciudad, de ONG’s principalmente. Por la noche, desde el vehículo, puedes ver una ciudad a medio camino entre la devastación (de hecho, está creciendo de manera desordenada con recursos muy pobres), la desolación, la oscuridad (las calles están a oscuras completamente, salvo alguna luz puntual de algún comercio, chiringuito o las habituales hogueras que iluminan de un naranja potente los rostros de quienes pasarían desapercibidos en la oscuridad casi absoluta)…
Y es una pena que no se puedan hacer fotografías, porque algunas serían realmente espectaculares, retratando la crudeza de lo que es la vida diaria de esta gente. No es pobreza. No es ni tan siquiera miseria. En muchos casos es, simple y llanamente, abandono. Supervivencia pura y dura. Yo les preguntaría a los fundamentalistas estos de la religión, qué clase de dios permite estas cosas sobre la tierra. Vengo de un lugar donde la preocupación es encontrar trabajo, si me puedo comprar unos zapatos, dónde ir a cenar el sábado, si tu equipo de fútbol gana, si tal persona te responde un mensaje o tu pareja parece que está de mal humor. Ojalá esta gente tuviera esos problemas. Son mucho más básicos: subsistencia pura y dura. Vivir en chabolas de metal, madera. Tender la ropa en medio del polvo o sobre un alambre de seguridad (de esos con púas, de los cuales están dotadas todas las casas de ONG’s, organismos públicos, bancos, etc… coronando altos muros de cemento, lo que convierte el paseo por la ciudad como una exhibición de tipos de muros con alambradas, vallas y verjas, alambres, ejército o policía con sus metralletas por la calle… vamos, entretenido, entretenido).
Voy a ser sincero: los dos primeros días que pasé aquí sólo tenía ganas de llorar y pensaba: “¿Qué hago aquí?”. Seguramente por ese motivo, por no escribir en caliente, por no precipitarme, por la normativa de seguridad, etc. no había escrito hasta ahora. Poco a poco voy encontrando mi espacio, mi sitio. Primer paso: conocer gente de otras secciones de MSF. Conseguido. Por lo menos ahora empiezas a saludar a gente que no trabaja directamente contigo: suizos, belgas, franceses, holandeses. Segundo paso: conocer gente de fuera de MSF. Poco a poco. El otro día en una fiesta de una ONG italiana, conocí a chicas y chicos de este país, además de una inglesa que me informó (supongo que percibió mi “desesperación” ante la pobreza de vida social fuera del trabajo y decidió hacer la acción caritativa del día) de que hay muchas actividades para expatriados en algunos lugares: Pilates, yoga, clases de salsa, Beach-volley…Tengo que enviarle un mail para que me mantenga informado, porque de verdad que necesito hacer algo más. Hasta el momento: desayuno sobre las 7.30 (2 horas menos en España), trabajo de 8 a 13, comida de 13 a 14 h., vuelta al trabajo hasta las 18 ó 18.30. Vuelta a la guest house y ahí, pues… ducha y cena sobre las 19 h. o, si sales a cenar, pues eso: en un coche y varios al restaurante concreto que esté aprobado (no podemos ir a cualquiera)… te cuesta como 15 € la cena, lo que para un país tan pobre me parece una barbaridad, pero se aprovechan que da gusto. Por ejemplo, he ido un par de domingos a la piscina de un hotel, donde se reúnen muchos expatriados que cuesta 50 South Sudanese Pounds, que vienen a ser más de 13 €. ¿No es de locos?.

Me gustaría ir a Pilates (la inglesa es la profesora), quizás apuntarme a clases de salsa. También ir a jugar a Beach Volley… A ver si me organizo y los lugares donde se organizan están autorizados para poder ir (creo que sí, pero…). Vuelvo a la lectura (“Vida y Destino”, espectacular, sobre la vida de rusos y alemanes durante los enfrentamientos durante la segunda guerra mundial); los programas de L’ofici de viure o los especialistas secundarios; la limitada conexión a Internet…
Me pasé unos días en el noroeste de South Sudan, cerca de la frontera con Sudán, con Darfur. Allí la vida es diferente. Es más seguro, puedes caminar de la guest house (un convento reciclado) a las oficinas por el pueblo, los niños salen corriendo a saludarte, te sonríen, te preguntan “how are you?” (es lo único que saben decir en inglés), ves el hospital y la situación tan lamentable… Más aún, fui a una comunidad fuera de esta ciudad, a zonas rurales, al Sudán del Sur profundo: para hacer 60 kilómetros, 3 horas. Camino de tierra, baches, piedras, árboles, gente cargando pesados fardos, polvo, calor… y llegas allí y… niños descalzos cubiertos de polvo, desnudos o con camisetas en un estado deplorable. Seguramente la única que tengan. Nos bajamos allí y se te acercan, entre curiosos, expectantes y temerosos, recelosos. Alguno se atreve a darte la mano. Otros te miran a cierta distancia. Unos blancos. Aquí. Llegué a ver a un niño que rodeaba un árbol escondiéndose de una compañera mía, con expresión de susto. África profunda. Donde la fe no ha llegado en la forma que predican algunos. O sí, porque aquí hay mucho cristiano. Supongo que dios no es racista y no los ha discriminado en su lista de prioridades, preferencias o derechos. Y sólo lo supongo, porque lo que veo me hace pensar lo contrario.
Para finalizar, algunas imágenes en mi retina que me hubiera encantado retratar con una cámara pero no pudo ser…
Un camino rural, alargado, de tierra rojiza, que asciende lentamente. Miro hacia atrás y veo, a lo lejos, un grupo de personas cargando fardos de paja en sus cabezas; el calor sofocante sobre un tapiz verde, marrón, gris… y un grupo de cabras cruzando el camino.
Una noche de cena bajo las estrellas, con música bossa nova de fondo, con dos velas en la mesa y gente de varios rincones del mundo.
El rostro desfigurado de un niño que se acerca a pedirte. ¿Ácido?. ¿Fuego?. ¿Genético?.
Un niño recogiendo botellas de plástico vacías y arrastrando una gran bolsa con, imagino, más residuos por el estilo.
El niño que se cuelga de mis manos para que lo balancee. Los niños que lo ven y vienen corriendo para que los balancee igual.
La mirada curiosa de la gente del mercado al ver a tres blancos pasear por entre los alimentos extendidos en telas, dispuestos a cambiar de manos.
La pista de aterrizaje de tierra.
El avión más pequeño en el que me he subido nunca, para 9 pasajeros.
El desmadre, desorden, caos en el aeropuerto de Juba para conseguir el visado, recoger tu maleta, entrar en el país.
Las hogueras que salpican de luz la noche de Juba.
El hombre que camina descalzo y solo con un pantaloncito blanco cortito, con la mirada perdida y abstraído del movimiento y el ruido a su alrededor. O el que camina completamente desnudo por la calle.
El Nilo iluminado por la luna llena, reflejada en sus aguas. La fuente de la vida para los antiguos nubios, para los antiguos egipcios.
Mi mosquitera.
Mi habitación.
Los contrastes.
En fin, que podría escribir 50 páginas con la de cosas que podría explicaros de estas casi tres primeras semanas en Sudán del Sur.
Al final creo que es a mediados de marzo (y no finales de febrero) cuando volveré dos semanas a BCN para un curso. Y luego, para vacaciones y demás, parece que con los amigos Sudáfrica será el destino final. Yo, por mi cuenta, cuando pueda, igual me escapo alguna semana a Uganda (y si puedo ver los gorilas de montaña, que es uno de los poquitos sueños que tengo por cumplir), quizás Etiopía o, a finales de año, cuando ya esté muy cansado anímica, mental y físicamente, unos días en las Seychelles, que desde Nairobi hay vuelos baratos. Sería aquello de aprovechar las circunstancias o la coyuntura de estar en el corazón de África.
África…
África…
África…